
Para entendernos de nuevo
Por Mariana Palau
Enero, 2026
Tengo un recuerdo que me estorba. Era 2021 y debatía al aire, en Mañanas Blu (10:30 a. m.), la decisión de Simone Biles, una de las más brillantes gimnastas de la historia, de retirarse de los Juegos Olímpicos de Tokio por razones de salud mental. Mi entonces colega, Ana Cristina Restrepo, montó una sensata defensa de Biles, argumentando que la ansiedad de la que sufría la ponía en peligro, pues interfería con su capacidad de sincronizar el cuerpo con la mente durante las osadas piruetas que daba en el aire. Yo, en cambio, me empeciné en atacar a la atleta, acusándola de débil por abandonar su sueño de vida y ceder ante lo que yo consideraba era una tristeza exagerada. “Si uno va a los Olímpicos, va es a ganar”, decía estridentemente ante los miles de oyentes que nos escuchaban.
Un par de años después, la vida me regaló la oportunidad de entender lo torpe que fui al juzgar a Biles, pues yo misma caí en una profunda crisis de salud mental. Durante más de un año, la tristeza se volvió una parte inalienable de mí, a tal punto que renuncié a mi trabajo y me dediqué a cuidarme durante varios meses. En ese proceso no solo entendí a Biles, sino que la admiré profundamente por su valentía al priorizarse a sí misma por encima de las expectativas —y los juicios— de los demás.
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Me encantaría decir que lo de Biles fue solo un descache aislado en toda mi carrera como periodista. Pero la verdad es que muchos más fueron objeto de mis insensatas y duras críticas. Despotriqué contra los “woke”, los mamertos, los “fachos”, los antimigrantes, quienes se oponen al aborto y al consumo de drogas, los proteccionistas modernos, los escépticos de la globalización y los críticos del libre mercado como gran organizador social. Mejor dicho, contra cualquiera que se atreviera a cuestionar el liberalismo puro, modelo que yo consideraba el único viable y digno de gobernar el mundo.
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Durante mi depresión, todos esos criticados volvieron a mí como el gran fantasma de la vergüenza, porque en ese momento de gran sensibilidad entendí que, a la larga, yo no era distinta a ellos. Compartíamos una constante sed por tener siempre la razón y, con ese fin, la negativa a aceptar que el mundo puede ser visto y vivido de infinitas maneras. Por eso los atacaba tanto, por eso me irritaban. Porque, como dicen algunos psicólogos por ahí: pilas con lo que más nos causa rechazo en los demás, porque suele ser un reflejo de aquello que cargamos dentro de nosotros mismos.
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En ese proceso de reflexión también recordé que no siempre fui tan intransigente. Cuando decidí convertirme en periodista, lo hice porque soy naturalmente curiosa, y en esa ilustre carrera vi la oportunidad de ganarme la vida siendo eso: curiosa. Cuando le dije adiós al mundo corporativo para convertirme en periodista sentía que quería estar presente donde ocurren los eventos que definen el mundo. Me atraía investigar, pero no necesariamente para exponer corrupción o delitos —el foco de buena parte del periodismo de investigación—, sino para explorar el mundo y entenderlo. Porque para mí, entender, por más complejo que sea, siempre ha sido placentero.
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Con el paso de los años empecé a sacrificar la curiosidad, convencida de que, para sobresalir en mi carrera, debía asumir posturas firmes y generar debates fuertes. Creo que las presiones financieras que sufre el mundo del periodismo actual exigen que los periodistas nos volvamos así: unas máquinas que emiten opiniones rápidas y planas porque no hay recursos ni tiempo para estudiar detenidamente.
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Hoy entiendo que ese sombrero de opinadora intransigente no solo no me luce, sino que me incomoda. Me aprieta. Por eso estoy en la tarea de quitármelo para rescatar el espíritu curioso que me llevó al periodismo.
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Con esa convicción he fundado Empírico, una consultora que aspira a ser una respuesta a ese problema del cual yo misma he sido parte y que hoy se propaga con fuerza por el mundo: la incapacidad colectiva para entender al “otro”. Nunca antes habían sido tan impenetrables nuestras burbujas: mundos aislados con seres que piensan igual y se comportan igual, y dentro de los cuales es imposible entender que hay otros que viven realidades distintas. Desde esos regímenes de verdad —nuestra verdad— hacemos que el conflicto, inevitable en cualquier sociedad, deje de ser un espacio productivo del cual emergen soluciones, y pase a convertirse en un pantanal de identidades, creencias y posturas estancadas.
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Creo que la tarea de entender al otro se nos ha hecho más difícil porque hemos adoptado una manera muy mecanicista de ver el mundo. Ese lente interpretativo es un legado del positivismo, corriente filosófica que surge de la revolución industrial y que postula que la la sociedad debe ser estudiada de la misma manera en cómo se estudiaba la física o la biología, es decir a través de lo que es medible, verificable y replicable. La influencia ubicua del positivismo es la razón por la cual desde think tanks, oficinas de política pública y firmas de consultoría y mercadeo, se prioriza acumular datos, afinar modelos, pulir conceptos, y ver fenómenos como si ocurriesen en un vacío.
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El paradigma positivista nos ha resultado atractivo, no solo porque nos llevó a desarrollar infraestructura, tecnologías, y métodos de evaluar políticas públicas que han transformado la humanidad, sino también porque nos otorga una sensación de control y certeza frente a lo que puede ocurrir. El problema es que esa sensación de certeza no es más que una ilusión. Porque la gente no se comporta de manera racional, lineal, abstracta y predecible, como lo exige la cosmovisión positivista. Por el contrario, las personas nos movemos por las emociones. Podemos responder con más fuerza ante un gesto simbólico que ante un incentivo económico. Y nuestra manera de percibir y evaluar nuestra realidad depende de nuestras historias y experiencias vividas.
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Lo más preocupante del paradigma positivista, es que nos deja vulnerables a caer en la estrechez mental. Porque una vez montados en la sensación de certeza se vuelve supremamente incómodo siquiera contemplar cualquier condición o posibilidad que la cuestione. Y porque ver a los demás como si fueran un homo-máquina nos cierra a la experiencia de entender las emociones, historias y contextos que moldean la percepción de la realidad de cada persona.
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Estoy convencida de que el mundo de hoy pide una nueva manera de ser investigado. Una que, en vez de buscar control y certeza, se sienta cómoda con la incertidumbre y la ambigüedad, condiciones que reinan en el comportamiento humano. Esto no implica descartar por completo la herencia del positivismo. Implica construir una manera de entender que, además de valorar lo verificable y lo medible, también rescata el valor de lo ambiguo e incierto que hay detrás: el mundo simbólico que las personas habitan, las historias que viven, los arquetipos que se activan en su experiencia de vida y el significado de los sistemas que modelan sus decisiones.
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Creo que el espíritu periodístico ofrece un terreno fértil para construir esa nueva manera de entender. No el que se obsesiona con la chiva, el rating o la tensión que atrae miradas. Hablo del que se deja guiar por una curiosidad genuina, el que nos invita a vagar por lo ilimitado y a mirar más allá de nuestra clase social, raza, religión o ideología. El espíritu que impulsa a cualquiera a disfrutar de ser siempre un aprendiz.
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Lo que hacemos en Empírico son investigaciones sociales impregnadas de ese espíritu curioso del periodismo. Para nosotros investigar no es un vehículo para probar una hipótesis, sino una oportunidad para dejarnos asombrar ante lo desconocido. Por eso no solo buscamos información donde siempre —en la cifra, la estadística o la tendencia—, sino también en las calles, los barrios, las tiendas, las cafeterías y los hogares. Porque entender de verdad a los demás exige movernos entre escalas: entre el mundo macro de los datos duros, las teorías y los expertos, y el contexto humano donde se vive el fenómeno que estudiamos.
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Hacemos de la curiosidad nuestro norte porque creemos que es el mejor antídoto contra la estrechez mental, y, por ende, la mejor manera de rescatar el conflicto como espacio productivo del cual nacen soluciones. Desde ese lugar todo cambia: las empresas dejan de gastar millonadas en marketing para vender productos vacíos y empiezan a crear soluciones que responden a necesidades reales; las políticas públicas dejan de ser impecables en el papel para volverse viables en la vida cotidiana; y los candidatos políticos íntegros dejan de perder frente al populista ruidoso porque, por fin, logran hablarle al corazón de los votantes.
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En últimas, lo que buscamos hacer desde Empírico es adaptarnos a un mundo que cambia a velocidades vertiginosas, que ve caer el orden mundial que lo gobierna y que rara vez se ha sentido más impredecible. La nueva realidad exige ser vista desde nuevos ángulos, a través de lentes más sofisticados. Por eso le apostamos a investigar siempre priorizando la curiosidad, dejando a un lado la obsesión por obtener certeza y valorando la importancia de lo ambiguo y lo incierto.
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Porque solo cuando dejamos que la curiosidad nos guíe empezamos, de verdad, a descubrir el mundo que se está reinventando.
